Ese cliente que conoce los beneficios de la imagen de marca, de una identidad corporativa creativa e inteligentemente construida, ese cliente que cuenta con los servicios de un diseñador de la misma manera que necesita a un administrativo, a un técnico o a un comercial, está asistiendo a un baile de ofertas y discursos tan descabellados que mantener la dignidad profesional se está volviendo un asunto de subastas al por mayor.

Últimamente me están llegando, por diferentes fuentes relacionadas con el diseño gráfico en Vigo y otras ciudades gallegas, comentarios de clientes que, desorientados, preguntan que quiénes son estos o estas que hacen semejantes ofertas difíciles de rechazar: "le hacemos la web, le regalamos el logo y además le entregamos 300 catálogos con un 50% de descuento, porque para ayudarle en tiempos de crisis no le cobramos las fotos, además respecto a los vinilos y la rotulación... ya hablaremos, por supuesto con la mejor calidad porque nosotros también hacemos diseño, etc..."
Pero vamos a ver (y con esto no tengo claro a quién dirigirme, si al cliente inocente que no tiene más orientación que su sentido común y su buen gusto o a esa banda de feirantes que se están internando sin escrúpulos en un sector que desconocen) y repito de nuevo, pero vamos a ver:
1. La ley de la oferta y la demanda, que indudablemente es por la que nos regimos todos, es muy sana e incluso necesaria para mantener el equilibrio entre un servicio tan intangible como es el diseño, su calidad y su presupuesto.
2. La ley de la oferta y la demanda consigue prevenir al cliente para que un diseñador, agencia o estudio no pretenda cobrar a una Pyme por el diseño de un logo 20.000 euros y que le resulte extraño que otro oferte 200 euros.
3. La ley de la oferta y la demanda permite que un cliente se ponga en contacto con varios diseñadores, estudios o agencias para solicitar una oferta por desarrollar el proyecto de diseño de una nueva marca, que cada profesional elabore su presupuesto y elegir entre aquellos que ofrecen un precio equilibrado, una calidad equilibrada y un servicio equilibrado. Esta forma de actuar era la correcta o habitual para nuestros bisabuelos. Eso no impide que un diseñador estrella se cotice más y que existan clientes que lo paguen u otro que regale su trabajo y encuentre clientes que lo acepten. Esto también lo conocieron nuestros bisabuelos.

La Asociación de diseñadores gráficos de Asturias (AGA) tiene a disposición pública un CÓDIGO DE ÉTICA PROFESIONAL que debería ser de lectura y asimilación obligatoria para cualquier profesional del sector. Este Código de Ética está basado en el Código Modelo de Conducta Profesional para el Diseñador (MCPCD) publicado en 1987 por ICOGRADA (Consejo Internacional de Asociaciones de Diseño Gráfico: es la entidad profesional mundial para el diseño gráfico y la comunicación visual) y recoge una serie de recomendaciones para un desempeño ético y profesional por parte de los miembros de la Asociación de diseñadores gráficos de Asturias, pero extensible a todos.
El desbarajuste comienza en el momento en que aparece, por la puerta del anterior cliente, un señor o una señora ofreciendo el milagro del gran diseño a precio de saldo; cuando no es un anuncio televisivo o un banner el que promete el diseño de su marca online, con un "hágalo usted mismo". Indudablemente charlatanes de feria siempre existieron, y nuestros bisabuelos los conocieron, pero el desembarco esta siendo multitudinario: surgen de todos los rincones y nadie sabe de ellos, nadie conoce su trabajo, no lo enseñan y además argumentan esta postura ante el cliente con la seguridad de quien regala con intención de robar. —¡Cómo no voy a otorgarle el proyecto a esta persona, si es tan barato, con esos buenos argumentos y tan buenas ideas que dice que tiene para mí!—pensará el cliente, ya desorientado del todo, sin haber visto más que tres o cuatro logos deslavazados y un par de folletos de muestra. Lo que no quiero imaginar es lo que pensará entonces de las otras ofertas, profesionales y además rechazadas.

En este caso nuestros bisabuelos, utilizando su sentido común, descartarían al instante la oferta de alguien que tiene en tan poca estima su trabajo como para regalarlo o valorarlo en tan poco.
Si yo fuera cliente, como lo soy de otros asuntos, utilizaría los mismos criterios que me llevan a elegir a un dentista, a un abogado o a un oftalmólogo. Aunque eso no quita que haya quien, para tratarse las cataratas, se deje aconsejar por el encargado de la tienda de gafas de la esquina, claro.