El pasado jueves, en París, uno de los artistas con más talla que ha dado Galicia en el siglo XX, Leopoldo Nóvoa, ha formado con ceniza otro hueco más, esta vez con su silueta barbada. Y yo no sé si el jueves llovió en París, como prometía en "Piedra negra sobre una piedra blanca" que sería el día de su muerte César Vallejo, pero si se que fue jueves y fue en París.


Es inevitable no hacer referencia a su atalaya en Armenteira, entre óxido, piedra, hierba y regatos, cerca de los muros del monasterio, o a su otra aldea: París, donde, en 1979, el fuego arrasó con su estudio repleto de cientos de sus obras y donde comenzó su relación con la ceniza, con las sombras, con el gris y con el rojo. Con las presencias primitivas y misteriosas.

Una obra esencialmente poética plagada de materia, agujeros, huecos, bultos y salientes donde resuenan ecos del mejor Rothko y de Tàpies. Un paisaje fragmentado en inmensos murales, esculturas o telas, con la huella de un hombre que deja una profunda huella: Leopoldo Nóvoa. Un gallego universal.
