Miércoles 25 de Enero de 2012 12:15

Estos rostros me inspiran

En el hueco que se forma, sin saberlo, sin quererlo y sin motivarlo, en ese tiempo de búsqueda, análisis y roce con las composiciones y formas que deben agruparse y armonizarse para estructurar un proyecto de diseño, aparecen, como llamadas sin haber sido llamadas, del subconsciente, del diccionario íntimo de filias y fobias: melodías, pinturas, instantes, versos, paisajes, párrafos, esculturas, voces, fotos, títulos, logos, sabores, olores, texturas, voces, portadas, noticias... que se hacen dueñas, por un tiempo, de la búsqueda en solitario de esa fórmula exacta que aporte una solución al proyecto.

A mí, de todas esas apariciones que pueden aclarar o enturbiar el proceso, selecciono como inspiradores ciertos conceptos e imágenes, entre ellas una colección de rostros, que, si me paro y los observo, me sirven de maravilloso filtro para descartar aquella información que no aporta nada y poder quedarme sólo con las puertas de entrada a pasillos que prometen llevar a algún lado. No es mitomanía, es observación, búsqueda.

Son huecos con diferentes profundidades: pueden durar minutos o incluso horas o días. Durante esas decenas de horas que supone la búsqueda de una solución creativa, entre informes, dossiers, notas, historiales, gráficos y comparativas, es habitual ver a los diseñadores rastreando libros y revistas de diseño, arte y arquitectura, en biografías y monográficos, en webs, blogs y foros, un concepto o imagen que responda a sus expectativas, algo que puedan estudiar, desmenuzar, descomponer y, si hay algo interesante, utilizarlo como germen de algo nuevo. Esto es legítimo, de hecho no existe lo puramente nuevo, todo forma parte de una cadena de influencias y revisiones en la que lo siguiente viene de lo anterior. Por poner un ejemplo cercano: hay diseñadores, que siguen la inevitable estela de Mario Eskenazi o Javier Mariscal, a los que en sus trabajos se hace visible su mecánica de inspiración en ellos.

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La influencia forma parte de las leyes de la creatividad y fue el día a día de hace cinco siglos, de hoy y de mañana. ¿Qué sería de nosotros, por ejemplo, sin la herencia que nos dejaron los primeros treinta años del siglo XX?

A los creadores esos huecos se les aparecen habitualmente y cada uno los llena con lo que tiene a mano, hasta que el hueco desaparece y pueden continuar. Algunos lo llaman "vértigo a la hoja o pantalla en blanco" incluso "bloqueo". Da igual que se trate de un bream storming entre tres, cinco o veinte diseñadores, redactores, fotógrafos, directores de arte, creativos y ejecutivos; los huecos siempre están ahí. Jung enlazaba esta manera de definir el proceso creativo con el subconsciente colectivo, con lo anterior a uno, Freud con nuestra infancia rediviva, Marx con la influencia de la ideología de clase y otros con el propio trabajo en sí, con la tecnología y actualmente con las bondades de las aplicaciones informáticas. Decenas de definiciones para algo que siempre estará fuera de control hasta que hace acto de presencia, momento en que la razón debe tomar las riendas con los anteriores análisis, briefings y ajustes de inversión.

En ajedrez algunos jugadores se toman su tiempo, antes de un movimiento clave, para buscar, para vaciarse, concentrarse y dar con la jugada que resuelva la partida; algunos incluso llegan a jugar al tenis, pasear, cocinar o incluso leer. Se recrean en el hueco. Más de lo mismo ocurre con los actores, pintores, escritores, músicos, periodistas, escultores o economistas. Antonio Tabucchi, por ejemplo, sólo escribe en cuadernos escolares, Pablo Neruda lo hacía con tinta verde y Lord Byron se inspiraba en el olor de las trufas que siempre llevaba en los bolsillos. Conozco un diseñador que cuando cae en el hueco se pone a ordenar muebles, otro que se pone a jugar al Tetris, otro que se le da por los bancos de imágenes y otro que se marcha y no se sabe nada de él hasta pasadas unas horas. Al respecto Jose Maria de Pereda escribió en Manías decenas de comentarios acerca de las obsesiones y manías de pintores, escritores y músicos.

¿Qué hay detrás de tantas soluciones gráficas que nos parece que responden a costosos estudios de mercado y filtros de argumentos comerciales? Muchas veces, la mayoría de las veces, la idea original, ya sea el concepto, la forma, el tratamiento o el acabado, es previa y anterior y surge como surgen las liebres: no se sabe cuando ni dónde. Eso si, cuando surge mejor tener papel y lápiz cerca.

Yo, entre muchas otras cosas, observo rostros. Algunos conocidos por todos y otros más anónimos. Rostros de personas que han hecho o hacen cosas que me llaman la atención, rostros que me parecen atractivos o diferentes y rostros que forman parte de la memoria colectiva. La línea de su perfil, el óvalo, la forma de sus labios, el gesto, la geometría de sus ojos, su pelo o su calva, su melena; la curvatura del cráneo, el brillo y color de la piel, las aletillas de la nariz y la mandíbula; el comienzo del cuello, la posición de la barbilla y su redondez, las arrugas y cicatrices, los brillos de las pupilas, las pestañas, el arco de las cejas, los lunares, los dientes, la sonrisa y las orejas; la frente y sus surcos, las bolsas de los párpados, los pómulos y el tabique nasal. El grandioso tabique nasal. Pero... ¿qué tiene que ver una nariz con el diseño de una identidad? Nada y todo; las relaciones entre una manzana y un hallazgo científico son inescrutables. A mí, en el desarrollo e implantación de proyectos de imagen de marca o diseño en Vigo y en Galicia específicamente, indudablemente en los proyectos relacionados con la moda o con la industria textil, los rostros me abren puertas y siempre me llevan a algún lugar. Estos son, reducidos, algunos de ellos:

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De Monica Vitti hasta Isak Dinessen, pasando por Alexandra David-Néel o por Doña Emilia Pardo Bazán.

En 1919, Marcel Proust escribió: "El rostro humano es, en realidad, como el rostro de un Dios o de alguna teogonía oriental: un grupo de caras yuxtapuestas en planos distintos, de tal forma que nunca se pueden ver a la vez".

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Juntos o separados, delante o detrás, iluminados o en la sombra, rostros como los de Jane Birkin y Serge Gainsbourg, Bibi Andersson y Liv Ulman, Robert Redford y Paul Newman o David Bowie y Annie Lennox.

"Un hombre se entrega a la tarea de dibujar el mundo. A medida que pasan los años, llena el espacio con imágenes de provincias, reinos, montañas, bahías, barcos, peces, habitaciones, instrumentos, estrellas, caballos y personas. Justo antes de morir, descubre que su paciente laberinto de líneas es una huella de su propio rostro". Jorge Luis Borges.

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Rostros de hombres que nos cuentan cosas que nos impulsan a vivir, como Miles Davis, Julio Cortázar o Federico Fellini.

Después de este paseo visual por algunas páginas de este album de rostros algo se posa que nos invita a pensar más alto.