24 minutos, un pincel de crin de caballo, tinta y tus deseos para el año que comienza caligrafiados en un Kanji (en resumen: un poema). Este ritual denominado Kakizome (primera escritura) se celebra cada año, el 5 de enero, en el Nippon Budokan de Tokio, en Japón y en él pueden participar todos los que quieran y de cualquier edad. El 14 de enero se quema el papel de cada Kanji presentado.

El descubrimiento, en mi adolescencia, de la influencia oriental en Goethe, y la del haikú y del tanka en Ezra Pound, William Carlos Williams, Eluard, Ungaretti, José Juan Tablada, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y Federico García Lorca me llevó a descubrir la misma influencia en los pintores impresionistas franceses, en la abstracción, en Tápies, Franz Kline y en las composiciones de John Cage. A partir de ese momento la puerta se abrió de par en par, llegó la lectura del diario de viaje de Basho: Oku no Hosomichi y que Octavio Paz tradujo como Sendas de Oku, los poetas chinos de la dinastía Tang, el cine de Mizoguchi y los diseños de Shigeo Fukuday e Ikko Tanaka, la curiosidad se convirtió en pasión.

Hoy no puedo entender una concepción del diseño sin atender a la sensibilidad oriental. El kakizome es una tradición anual que sirve de ventana para que occidente descanse de tanto mirarse el ombligo durante unos minutos. Cada enero, cuando llegan a nosotros las fotos de esta celebración, la mirada curiosa y de soslayo de los que nos dedicamos al mundo gráfico es inevitable.


La tradición del kakizome se remonta a la era Edo (1603-1868) y a la enseñanza del Shodo "El camino de la escritura" (Caligrafía japonesa derivada de la china) como una materia más a los niños japoneses durante su educación primaria y forma parte de los deberes de los niños en las vacaciones de invierno.

El simple hecho de que un niño sepa coger un pincel, mojarlo en tinta y moverlo con gracia para representar sus deseos es un ejemplo de educación creativa y de respeto por el arte y el diseño. Que sea en tan solo 24 minutos es un dato periférico pero que demuestra una disciplina.

La dificultad de esta tradición reside en que cada trazo del Kanji tiene un significado, forma, comienzo, fin y sentido. Responde a un orden específico y debe expresar únicamente conceptos. El balance entre todos los elementos y el espacio vacío, el blanco y el negro, es decir, en donde no hay trazos, es la proporción del equilibrio. Además, para mayor profundidad, puede tener diferentes lecturas dependiendo del contexto, sus combinaciones y su localización en la oración.

Cualquier sociedad que sienta este respeto por la enseñanza de la caligrafía, por el diseño, por la estética en la representación de emociones y deseos a través de conceptos, por la representación de la poesía, es una sociedad en la que mirarse.

Por Oriente sabemos que hay dos silencios: uno, antes de la palabra, es un querer decir; otro, después de la palabra, es un saber que no puede decirse, lo único que valdría la pena decir.